Los casos de intolerancia a los alimentos condicionan la vida de muchos menores
Unos no pueden tomar gluten, otros sufren rechazo a la lactosa y a unos cuantos ingerir frutos secos les puede producir una peligrosa reacción alérgica. Todos ellos son niños con limitaciones nutricionales provocadas por la intolerancia a algunos productos alimentarios. Una realidad que ellos padecen pero que obliga a muchos padres a educarles de un modo concreto y a realizarles un seguimiento específico. El miedo a que consuman una comida perjudicial para su salud es constante en la vida de los progenitores, que miran con lupa todo aquello que ingieren sus pequeños. Te contamos los principales rechazos a los alimentos que padecen los niños (sobre todo) durante sus primeros años de vida.
Las alergias
Muchas personas sufren intolerancia o alergia a algunos tipos de alimentos. Aproximadamente un 2% de los ciudadanos se ven afectados por esta situación, cuyo porcentaje se incrementa en el caso de la población infantil (entre un 3 y un 7%). Muchos diagnósticos se superan una vez pasada la etapa de la niñez (incluso muchos pequeños comienzan el colegio completamente recuperados) y algunos de ellos se producen en pequeños con antecedentes hereditarios.
Sin embargo, no es lo mismo intolerancia que alergia. Esta última está provocada por unas causas determinadas. En dicho proceso interviene el sistema inmunológico, que reacciona ante un tipo de alérgeno (en concreto, una una proteína alimentaria que en la mayoría de las personas no produce ningún tipo de efecto). Es decir, nuestro cuerpo se defiende de una sustancia que debería asimilar sin problemas. Actualmente, la lista de los alimentos que provocan alergias es inmensa: los huevos , el marisco, el trigo, la soja, las verduras, el pescado...
Respecto a su detección, la mayoría de los padres son conscientes de que el cuerpo de su hijo rechaza un alimento cuando se manifiestan los síntomas tras su consumo: trastornos respiratorios (como el asma), hinchazón de ojos, cara y labios, erupciones cutáneas, diarrea, vómitos... Si existen indicios, lo mejor es acudir al pediatra para que sometan al niño a una serie de pruebas específicas. En el caso de sean positivas, la única forma de evitar otros episodios alérgicos es suprimir radicalmente ese alimento de su dieta. En algunos supuestos, el tiempo consigue que desaparezcan de forma natural y espontánea, convirtiéndose sólo en un episodio puntual de la infancia.
Las intolerancias
Cuando un niño sufre una intolerancia a un alimento, su cuerpo no reacciona igual que cuando padece una alergia determinada. Aunque los síntomas pueden ser similares, en este caso, es el metabolismo el que se ve afectado. Es decir, el organismo es incapaz de digerir algunas comidas. Los dos casos más frecuentes son la intolerancia al gluten y a la lactosa.
-Celiacos . Los pequeños con esta enfermedad no pueden consumir alimentos con gluten, que se encuentra sobre todo en el trigo, la centena, la avena y la cebada. Su ingesta puede producir daños en la mucosa del estómago. Pero, afortunadamente, cada vez son más los productos que se fabrican suprimiendo los componentes no tolerados por los celiacos.
-Lactosa. Su intolerancia se da en aquellas personas que carecen de una enzima digestiva llamada lactasa. Ésta funciona descomponiendo el azúcar de la leche y ayudando a su digestión. La ausencia de dicho componente hace que los niños no puedan consumir productos lácteos, aunque existen otros sustitutos con las misma propiedades.
Muchas personas sufren intolerancia o alergia a algunos tipos de alimentos. Aproximadamente un 2% de los ciudadanos se ven afectados por esta situación, cuyo porcentaje se incrementa en el caso de la población infantil (entre un 3 y un 7%). Muchos diagnósticos se superan una vez pasada la etapa de la niñez (incluso muchos pequeños comienzan el colegio completamente recuperados) y algunos de ellos se producen en pequeños con antecedentes hereditarios.
Sin embargo, no es lo mismo intolerancia que alergia. Esta última está provocada por unas causas determinadas. En dicho proceso interviene el sistema inmunológico, que reacciona ante un tipo de alérgeno (en concreto, una una proteína alimentaria que en la mayoría de las personas no produce ningún tipo de efecto). Es decir, nuestro cuerpo se defiende de una sustancia que debería asimilar sin problemas. Actualmente, la lista de los alimentos que provocan alergias es inmensa: los huevos , el marisco, el trigo, la soja, las verduras, el pescado...
Respecto a su detección, la mayoría de los padres son conscientes de que el cuerpo de su hijo rechaza un alimento cuando se manifiestan los síntomas tras su consumo: trastornos respiratorios (como el asma), hinchazón de ojos, cara y labios, erupciones cutáneas, diarrea, vómitos... Si existen indicios, lo mejor es acudir al pediatra para que sometan al niño a una serie de pruebas específicas. En el caso de sean positivas, la única forma de evitar otros episodios alérgicos es suprimir radicalmente ese alimento de su dieta. En algunos supuestos, el tiempo consigue que desaparezcan de forma natural y espontánea, convirtiéndose sólo en un episodio puntual de la infancia.
Las intolerancias
Cuando un niño sufre una intolerancia a un alimento, su cuerpo no reacciona igual que cuando padece una alergia determinada. Aunque los síntomas pueden ser similares, en este caso, es el metabolismo el que se ve afectado. Es decir, el organismo es incapaz de digerir algunas comidas. Los dos casos más frecuentes son la intolerancia al gluten y a la lactosa.
-Celiacos . Los pequeños con esta enfermedad no pueden consumir alimentos con gluten, que se encuentra sobre todo en el trigo, la centena, la avena y la cebada. Su ingesta puede producir daños en la mucosa del estómago. Pero, afortunadamente, cada vez son más los productos que se fabrican suprimiendo los componentes no tolerados por los celiacos.
-Lactosa. Su intolerancia se da en aquellas personas que carecen de una enzima digestiva llamada lactasa. Ésta funciona descomponiendo el azúcar de la leche y ayudando a su digestión. La ausencia de dicho componente hace que los niños no puedan consumir productos lácteos, aunque existen otros sustitutos con las misma propiedades.

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